Candela es alta, delgada, fuerte y orgullosa, la más esbelta y firme de toda la calle, del pueblo entero, quizá, pero al mismo tiempo es ligera, espigada y quebradiza, tanto que su largo cuello se tambalea de norte a sur, de este a oeste, hasta crujir en silencio con el empuje de la primera brisa marina.
La conocí hace años, una mañana nublada de otoño en la que sólo ella reinaba en la soledad del paseo marítimo, como una Penélope de puerto cuyo prometido no fuera a regresar jamás. Por su aspecto diría que ronda los cincuenta, aunque conserva un brillo más propio de una veinteañera, salpicado, eso sí, por marcas profundas y grietas envejecidas, labradas año tras año por falta de cuidados y por esos duros temporales de poniente a los que nunca se resiste.
La conocí hace años, una mañana nublada de otoño en la que sólo ella reinaba en la soledad del paseo marítimo, como una Penélope de puerto cuyo prometido no fuera a regresar jamás. Por su aspecto diría que ronda los cincuenta, aunque conserva un brillo más propio de una veinteañera, salpicado, eso sí, por marcas profundas y grietas envejecidas, labradas año tras año por falta de cuidados y por esos duros temporales de poniente a los que nunca se resiste.
No tiene pelo que ondear a ese viento que no cesa, ni pecho al que asomarse en las tardes de verano, mientras los chiquillos juegan a sus pies, aunque pies no tiene, tampoco, ni manos en las que lucir sortijas oxidadas, ni falta que le hacen: Candela es mi farola favorita.


1 comentarios:
Muy bien Yisus para empezar.
Esta Candela nuestra recurrente, da mucho juego, ¿no crees?
Muy bonito
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