El mirador estival

Relatos veraniegos a cámara lenta

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El jardín

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Esta tarde ha venido a regar el jardín. Se llama Ashraf. Nunca me había sonreído así. O quizá es la manera como lo he mirado yo por primera vez, no sé, pero al decirme lo del riego, me ha parecido que sí, que las flores necesitaban agua, y como una autómata, lo he seguido hasta el grifo de la manguera. Él se ha vuelto hacia mí, extrañado pero divertido a un tiempo, ya que siempre lo dejo solo en sus quehaceres. Sin saber muy bien lo que estaba haciendo, le he ayudado a desplegar la larga manguera de rayas de colores, y entre los dos la hemos colocado en la jardinera más lejana del grifo. No sé por qué, no me ha parecido lo suficientemente larga, o quizá la jardinera estaba demasiado lejos. El caso es que la he tomado con las dos manos y haciendo fuerza con mis brazos, he empezado a estirarla, estirarla, para asombro de Ashraf que seguía con esa sonrisa seductora que vengo de descubrir. En ese momento se ha roto uno de los puntos de unión, por la tensión que he producido, y el agua ha brotado como si fuera una toma de esas de los bomberos, que siempre parece verse el sol a contraluz. No me he apartado ni he hecho nada. Me he dejado calar hasta los huesos, mientras oía mi propia risa, y veía como mi camiseta amarilla recién comprada, se lavaba antes de lo previsto. Ashraf ha venido a socorrerme, y sin darse cuenta o sin pretenderlo, se ha calado él también, completamente. Los dos nos hemos encontrado de pronto riendo casi al unísono, mojándonos con el agua que nos ha dejado las camisetas, los pantalones y los cuerpos chorreando. Sin saber qué me estaba guiando a ese comportamiento, me he abrazado a su cuerpo húmedo, y he empezado a darle vueltas a la manguera de rayas en torno nuestro, aprisionándonos en un caracol acuático. He podido comprobar mientras me apretaba a su pecho, lo fibroso de sus brazos, y la tersura de su espalda. No podía dejar de reírme mientras me besaba, lo que ha dificultado en un principio el propio beso, ya que solo estaban mis dientes en primera fila. Ha sido cuando he notado su lengua tan larga como la manguera, que entraba hasta mi garganta, que he cerrado la boca de golpe como si me hubiera atragantado, pero con los suficientes reflejos para volverla a abrir y recuperar lo perdido. Ha sido fácil desprendernos de la ropa que nos estaba sobrando por diferentes motivos, pero hemos dejado que el agua siguiera escapándose de las junturas rotas, y poco a poco, el suelo de la terraza se ha convertido en un improvisado colchón resbaladizo, en el que nos hemos dejado llevar por el deseo y la imaginación, estimulada por una situación tan felizmente inesperada.
Tras un largo rodar de brazos, piernas y cuerpos desnudos, nos hemos quedado ambos tumbados hacia arriba mirando al cielo que en ese momento se había llenado con colores de planeta prohibido, porque ya atardecía. A pesar de la fría temperatura que ha ido tomando el suelo de la terraza con el agua, al tocar su piel con mi mano perezosa acariciándolo, he notado el calor que le brotaba como si tuviera fiebre. Sorprendida he pasado mi mano por mi propia piel, y he comprobado que también yo parecía una estufa. Los dos hemos suspirado profundamente y nos hemos mirado, sonriendo. He dirigido mi vista al cielo y estirando mi mano hacia arriba, he notado, claramente, que lo tocaba. Estaba blando y tibio, parecía un almohadón de plumas.
Ya de noche Ashraf se ha vestido lentamente con la ropa que se había secado. Yo, todavía algo somnolienta por el cansancio, solo he podido pensar en una noticia que he leído esta mañana en el periódico sobre las restricciones de agua.

En El Muelle De San Blas -

12:46

Mis mil amores

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Juegos, gozos, risas,
ojos,besos, brazos,
pelos y manos,
mira lo que hago,
mira lo que tengo,
chillan y saben,
llaman y corren
son mis sobrinos
niños,
mis mil amores...

2:34

Inmortalizado

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Pues hoy debo de tener el guapo subido, de hecho me han dado un baño antes de salir, ese paparazzi se ha percatado de que soy un perro con clase.
Yo estoy reluciente pero él se ha puesto el primer abrigo que ha pillado, ha dicho que hacía mucho frío y ha cogido también el sombrero, le encanta ir con esa pinta raída y bohemia. Y, ahora mismo ni se está dando cuenta de que nos están fotografiando, él se lo pierde yo voy a ser la estrella y quién sabe si esto no va a ser mi oportunidad. Pierre me quiere y me cuida pero ya estoy un poco harto de vivir en esa buhardilla con ese permanente olor a moho y a trementina. Un artista sin ambiciones, eso es lo que es, ahora mismo sólo se interesa por el cuadro que pinta su colega, pues me va a doler, pero en cuanto me llamen para alguna película o para hacer publicidad, lo que sea, todo es empezar, ahí se va a quedar con sus cuadros y su buhardilla. Creo que tampoco encontraré a faltar sus magníficas zapatillas que tanto me gusta morder. De aquí a la gloria.

0:11

Primer amor

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Lo he visto, estoy segura que es él!_ dijo Elena_ fue mi primer amor,cuando éramos adolescentes. Lo he reconocido por su amplia sonrisa y su dulce mirada. El verlo me ha traído mil recuerdos olvidados, he recordado su valentía y su andar decidido, su gesto cálido y acogedor. Nunca volví a tener noticias suyas, luego de mi partida con mis padres a Europa, poco antes de terminar la secundaria.
Ahora que evoco aquella época, percibo que brotan de mí, recuerdos en forma de cartuchos blancos perfumados y, de mi corazón tomates rojos, como los que un día colgaban en su huerto.__._,_.___


Ya está aquí.
El húmedo viento del suroeste que llevaba días mostrándonos de cerca las puertas del otoño, se retiró ayer humillantemente derrotado por el violento empuje de quien, por derecho propio, se considera el rey del Estrecho: el levante.
Hace trece años, cuando desembarqué en esta mi adoptiva y adorada tierra gaditana, escuche con una mezcla de mofa e incredulidad, una manida historia que relaciona a este viento con una especie de locura temporal que afecta, durante días e incluso semanas, a cualquiera que no cuente con un apropiado mobiliario en su azotea.
Con el paso de los años, el bulo se ha convertido en dogma de fe. Nadie escapa al eólico influjo de este asesino de neuronas. Hasta los turistas, incrédulos como yo lo fui, se dejan abrazar por una cálida locura que nos templa la sangre, desinhibe los instintos y muestra, cual kafkiana metamorfosis, ese animal que todos, incluso los presentes, mantenemos púdicamente oculto a los ojos de nuestros allegados.
Anoche estuvo aquí.
Desde primera hora del día, dedicó su cálida sabiduría a elevar, con impúdica eficacia, la temperatura corporal de todos a quienes se encontró a su paso. La llegada de la noche y el inestimable apoyo etílico con el que nos obsequiamos a los postres, no hicieron más que reforzar la postura dominante de este tórrido vendaval.
Venía a por mí.
Esta vez quería demostrarme, en primera persona, quién es el verdadero gurú de la testosterona. Quién dirige los ardientes pasos de los ingenuos mortales que, embriagados por su influjo, creemos ser dueños de una calenturienta voluntad que, sin duda alguna, le pertenece a él. Nos convertimos, sin darnos cuenta, en lúbricas marionetas que se rozan empujadas por violentos golpes de viento milimétricamente dirigidos. Sabe perfectamente lo que hace. No hay opción.

Nos domina.
Como si de la casa de los tres cerditos se tratase, nuestras defensas terminan hechas astillas con un último soplido caliente como el aliento del Vesubio. Anulada por completo la resistencia, escucho su risa de orgulloso vencedor. Trata de humillarme.
Me resigno.
Cuando ya todo apunta a una nueva y tórrida derrota, Eolo se relaja, henchido de vana gloria mientras busca nuevas víctimas. Durante unos segundos, los hilos que sustentan mi voluntad se aflojan y quedan al alcance de mi boca. A dentelladas, arranco cada una de esas cadenas que me anulan y corro, desesperadamente, hasta alcanzar de nuevo el control sobre mis actos.
He ganado.
Ya puedo gritar con orgullo que lo he logrado.
He vencido al levante.
Hoy sigue aquí. Molesto, enrabietado, con más fuerza que nunca, me persigue. Está dolido y quiere venganza.
Quizá esta noche gane él. De momento, uno a cero.

12:27

Recuerdos veraniegos

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Odiaba tener razón Mercedes, lo odiaba te lo juro. Y más en este caso, cuando, lo reconozco, con cierta mala leche te hice esa foto. Estabas entre esa masa informe e indiferente, pretendidamente regocijada en su día de playa. Y tú, absurdamente ataviada con unas oscurísimas gafas de sol en un día de niebla….y ese gorro que te empeñaste en llevar. A penas unos centímetros de arena donde colocar la toalla. Y el mar, Mercedes ¿Dónde coño estaba el mar en el cual te ibas a sumergir cual sirena?
Odiaba decir: te lo dije Mercedes….pero mira que te lo dije Mercedes. No era día para ir a la playa, si es que existe algún maldito día para hacerlo. De hecho, fíjate , sabes que fui a regañadientes y te podría asegurar que con mi cámara en ristre y la distancia mental que no física, pude observar ese espectáculo humano de soledad infinita, como experimento sociológico no estuvo mal. Sin embargo tú, querida, en busca de esa ínfima felicidad de medio metro de arena, te pasaste el día cabreada.
Ahora entiendo porqué esa foto no estaba en el álbum de ese verano, la he encontrado de pura casualidad, incluso me extraña que no la hicieras desaparecer definitivamente. .
Yo sí que la voy a guardar, y en lugar preferente, por si alguna vez me asalta alguna duda de porque te envié definitivamente a la mierda.





Estimado Sr. Comisario:

Le escribo estas breves líneas, porque según parece, sus múltiples ocupaciones le impiden atenderme personalmente, y siendo como soy la mayor mente criminal de la historia, no seria de recibo entregarme en cualquier esquina a un uniformado de poca monta.
Confieso que hace unas semanas procedí al desmembramiento del cadáver del párroco de la Iglesia Santa Isabel y San Bruno, a quien con anterioridad había asestado una tremenda puñalada en el hemitórax izquierdo. En prueba de lo que digo, adjunto a la presente una cajita con incrustaciones de nácar que contiene el testículo derecho de Don Marcial, pues a pesar de ingentes esfuerzos y no pocos quebraderos de cabeza, me ha sido del todo imposible mandarle los dos cojones del cura. Me acuso además de ser el causante involuntario de las tres desgraciadas muertes que no ha mucho tiempo tuvieron lugar en el segundo vagón de la línea cinco del suburbano, y de los no menos terribles sucesos acaecidos con posterioridad y que han dejado a buena parte de la población local privada de sus vergüenzas.
La cuestión es, señor comisario, que tras el atroz asesinato del sacerdote, tomé la decisión irrevocable de entregarme a las autoridades, presentando como prueba de mi delito los testículos del cura, pero como usted bien sabrá, en ocasiones, las cosas se tuercen por las razones más insospechas, pues a buen seguro, de no haber utilizado el transporte público para evitar los atascos del centro, doña Consuelo seguiría vivita y coleando, y usted tendría sobre su mesa los dos huevos de Don Marcial, y no uno solo. Tal fué mi mala fortuna, que en el trayecto en metro hasta la comisaría, un inesperado frenazo provocó que la cajita con incrustaciones de nácar en la que llevaba bien guardados los cojones de aquel hombre santo, saliera volando por los aires para perderse segundos después entre la multitud del vagón. Crea que no le miento si le digo que solo un hombre excepcionalmente dotado, podría haberse abierto camino entre aquella jauría de madrugadores para recuperar la cajita, pero que siendo como soy hombre de natural intrépido, conseguí deshacerme de todo el que se interpuso en mi camino, haciendo oídos sordos a los vociferantes, que ocultos en el anonimato del vagón, proferían insultos gravísimos contra mi persona, hasta que exhausto y abatido, alcancé al fin mi objetivo para comprobar atónito como una de las protuberancias había abandonado su confortable alojamiento, y se hallaba perdida irremisiblemente entre el gentío. Bien podrá entender el señor comisario, la sorpresa y malestar que me produjo tan desgraciado suceso, pues como no me cansaré de repetir era mi intención enviarle a su excelencia los dos huevos del cura y no uno solo, otro hombre en mi lugar hubiera dado el testículo por perdido, pero mi carácter inasequible en todo momento al desaliento, me empujo a iniciar una búsqueda con escasas posibilidades de éxito, por lo que sin reparar en las catastróficas consecuencias de aquel acto inútil, elevé el tono de voz todo lo que mis cuerdas vocales lo permitían y esgrimiendo en mi mano derecha un fajo de billetes, cuyo valor exacto ignoraba, pronuncié unas palabras que a punto estuvieron de llevarme a la sala de urgencias de un hospital próximo:
–Señoras, señores. Lamento informales que hace breves instantes he extraviado un objeto en este mismo vagón, que me veo obligado a recuperar de inmediato. Tal necesidad me empuja a solicitar la colaboración de todos ustedes, ya que sin ella sería del todo imposible que yo recuperase lo que me pertenece, y que antes que a mi, perteneció a un sacerdote que de haber vivido lo suficiente, a buen seguro hubiese llegado a obispo. Se trata del testículo derecho, por supuesto incorrupto, de un hombre santo. Mi interés en recuperar la reliquia es sincero, y es tanto mi apego y devoción por el anterior propietario de tan insólita mercancía, que ofrezco como recompensa a quien encuentre sano y salvo el huevo del cura, el fajo de billetes de mi mano derecha.

El inusitado volumen del fajo, y no el interés de mis acompañantes por contribuir a la recuperación de la reliquia, desató una verdadera tormenta de coscorrones, palos y empujones en la que los más fuertes intentaban por todos los medios anular cuanto antes a los débiles, con la nada desdeñable intención de cobrar la recompensa, y en la que éstos, envalentonados por la cuantía del premio, ofrecían una feroz resistencia, que iba mucho mas allá de lo que sus escasa fuerzas les permitían. Muy pronto comenzaron a escucharse los primeros gritos de auxilio y el crujir de los huesos de quienes a causa de su mala suerte, iban quedando atrapados bajo el enorme peso de la multitud. A duras penas conseguí zafarme del tumulto, para acabar apretado contra una señora de unos sesenta años, que con una sonrisa cómplice, me entregó la bola de caramelo de un chupa chups, no sé si con la intención de dar gato por liebre, o porque sencillamente confundía las bolas de caramelo con los cojones de cura. Un energúmeno surgió en aquel instante del verdadero caos de cabezas y torsos en que se había convertido el vagón, para atizarle a la pobre señora un sonoro manotazo justo encima de la coronilla, con la única intención de llegar hasta mi improvisado refugio y aprovechar la confusión del momento para birlarme la recompensa. Caí entonces en la cuenta de que los que todavía seguían en pie, habían tomado la sabia decisión de abandonar la infructuosa búsqueda del huevo, y solo intentaban arrebatarme el fajo de billetes con todos los medios a su alcance. Una vez mas se cruzó en mi camino la buena suerte, y se abrieron de par en par las puertas del vagón. Conseguí abrirme paso hasta la salida, pisando cuantas cabezas y cuellos fuera menester pisar para escapar de aquel infierno. El resultado de la aventura no pudo ser más descorazonador, los heridos se contaron por decenas, fueron tres los fallecidos durante la lucha, y el cojón de Don Marcial Alonso parecía haberse perdido para siempre.

II

Molido y fracasado regresé a casa con la intención de olvidar cuanto antes los desafortunados sucesos de la mañana, y abandonar definitivamente una búsqueda que no habría de proporcionarme sino nuevos quebrantos. No bastó la intención, señor comisario, y a media tarde se me ocurrió pensar lo que habría ocurrido si Miguel Ángel hubiera entregado a su santidad la Capilla Sixtina a medio terminar. Un desastre, amigo mío, un auténtico fiasco que habría acabado con la reputación del maestro, perdone si me ofusco en este punto de la narración, pero sería terrible que la mente criminal más perfecta de todos los tiempos fuera recordada en los siglos venideros por haber perdido el cojón de un cura.
Estas y otras disquisiciones, me hicieron comprender que no solo debía utilizar todos los medios a mi alcance para recuperar el huevo de Don Marcial, sino que encontrarlo, debía convertirse en la razón de ser de toda mi existencia futura. Me veo en la obligación de informarle de que, por suerte, gozo de una envidiable fortuna, debida en parte a la cuantiosa herencia que dejó mi malogrado padre, al que asesiné durante mi juventud de un tajo en la garganta, y en mayor medida por haber ejercido durante largos años el oficio de criminal sin escrúpulos, que pasa por ser uno de los mas lucrativos de cuantos han existido a lo largo y ancho de la historia de la humanidad. Decidí que lo mejor sería hacer uso de mi bien ganada fortuna, y publiqué un anuncio en los tres periódicos locales de mayor tirada, ofreciendo una elevadísima recompensa a cambio del huevo. Perfilé el texto en unos minutos, y al día siguiente apareció publicado a media página en varios diarios. Por supuesto he tenido la delicadeza de enviarle un ejemplar de cada uno, lo que prueba sobradamente el empeño que puse en entregarle a usted los dos cojones del padre Marcial, y no uno sólo. Pensé que, dadas las extrañas características del objeto en cuestión, no serían muchos los que se acercaran hasta casa para restituirme tan preciado tesoro, y al día siguiente de la publicación del anuncio encargué a James, fiel mayordomo y amigo al que mandé traer desde Inglaterra, que se asomara por la ventana del último piso para comprobar los resultados de mi generoso ofrecimiento. Entre usted y yo, en realidad mi mayordomo se llamaba Zacarías Radja, pero no me pareció ese un nombre adecuado para un inglés, y menos todavía para un mayordomo como Dios manda. James obedeció oportunamente a mis indicaciones y a los pocos minutos regresó a la piscina donde me disponía a saborear el desayuno.
–Señor –inquirió–, deben ser mas de quinientos, y algunos parecen llegar acongojados.
Comprobé que efectivamente, una multitud se agolpaba frente a la puerta de mi casa blandiendo bolsas de plástico y neveras de playa, por lo que indiqué a James que debía abandonar sus habituales tareas, para servirme de apoyo en tan extraordinaria búsqueda.
–James.
–¿señor?
–¿Has visto alguna vez un testículo fuera del escroto?
–Por supuesto señor.
–Pues bien, le dije mostrándole el huevo de Don Marcial, este que ves lo arranqué del cuerpo sin vida de un cura párroco, y lo que buscamos es el otro huevo del difunto que desafortunadamente se extravió en el metro.
–Señor –contestó James visiblemente alterado y mirando fijamente el testículo que sostenía en mi mano derecha–, eso es una monstruosidad.
–Efectivamente James, tampoco yo había visto jamás uno de tan tremendas dimensiones. Mira qué huevo James, mira qué huevo, es una metáfora de Saturno a la que le faltan los anillos.
El buen James comprendió de inmediato, que de haberse tratado de un cojón corriente, nunca hubiera podido recuperarlo, porque no hay nada que se parezca tanto en este mundo, como un cojón a otro, excepto los gemelos idénticos. Sin embargo, el prodigioso tamaño del testículo derecho de Don Marcial Alonso, lo hacia incomparable con cualquier otro que no fuera el izquierdo.
Comenzamos la jornada descartando a los analfabetos, –y le digo esto con cierto malestar, porque como usted mismo podrá comprobar en el anuncio se dice claramente "Cojón", y no "Cojín" ni "Cajón"–, pero ya ve que fueron muchos los que se plantaron delante de la casa cargados de almohadas, cajas de madera, y una infinidad de objetos, a los que podía tildarse de cojines o de cajones, pero no de cojones, que era precisamente lo que andábamos buscando. Dividimos a los restantes en dos largas hileras, y los fuimos atendiendo uno por uno, sin que en ningún caso el tamaño de lo que traían, se aproximara siguiera remotamente, al tamaño de los sensacionales huevos del cura.
La mañana fue pasando sin pena ni gloria, hasta que una mujer anciana que llevaba entre las manos dos huevecitos minúsculos como los de una codorniz, se desplomó ante mí, y confesó que aquella minucia había pertenecido a su marido, pero como quiera que al él ya no le servían para nada, habían decidido de común acuerdo, intentar dar a sus hijos un vida mejor mediante la venta de su desgracia. Prometo señor comisario, que hasta ese momento no tenía la menor idea de lo que estaba pasando, pero al mirar a mi alrededor, observé los rostros de los que esperaban, y no me parecieron propios de quienes aguardan una enorme recompensa a cambio de un testículo hallado casualmente en cualquier esquina. Recordé las primeras palabras de James, y tuve la certeza de que muchos de los allí reunidos eran impostores, que llevados por la fuerza irresistible de la codicia, se habían cortado los huevos para cobrar una recompensa inmerecida. Me encaminé de inmediato hacia el garaje, y cogí la vara de fustigar a las bestias, con la noble intención de moler a palos a todos los tristes, pálidos y demacrados. Después de la paliza quedaron muy mermadas las filas de aspirantes, y sólo tras una larga e infructuosa jornada de trabajo, acertó James a formular la pregunta correcta
– ¿De dónde habrá sacado esta gente todos esos cojones?
La respuesta apareció en la primera página de todos los diarios del domingo, que abrían sus ediciones con la noticia de que los servicios de urgencia de todos los hospitales de la ciudad, se encontraban en situación de colapso absoluto, debido a que cientos de ciudadanos anónimos, habían sufrido en sus propios domicilios la amputación de los genitales durante la noche, y en los peores casos, referían asaltos a plena luz del día en los que los ladrones, en lugar de robar a los señores la billetera, y el bolsito de Chanel a las señoras, como está mandado, se limitaban practicar una incisión severa en las partes bajas, y a llevarse un cojón, dejando el otro colgando de mala manera. Estas noticias me alarmaron profundamente, puesto que la abundancia de huevos circulando sin control por todos los barrios de la ciudad, complicaba sobremanera mi búsqueda. En estas circunstancias, lo prudente hubiera sido abandonar, y dejar que las cosas siguieran como estaban, pero en este mundo, señor comisario, no hay nada peor que el desaliento, y es natural que los hombres dotados de un intelecto superior, porfiemos en nuestros propósitos.
El día siguiente resultó una vez más, decepcionante, hasta que a eso de las doce, se presentó en la casa un hombrecillo de tez blanquecina, que respondía al nombre de Melitón Suspiros, y tenía como profesión la de maquillar difuntos.
–Sinceramente, señor, no he tenido la dicha de encontrar lo que anda usted buscando –me dijo–, pero son ya muchos los años que llevo dando a los muertos color en la mejillas con tánta gracia, que algunas viudas al contemplar los excelentes resultados de mi trabajo, se han desmayado temiendo por la resurrección del finado, y lo mismo los viudos. Como quiera que con la recompensa ofrecida, podría vivir holgadamente el resto de mis días sin dar un palo al agua, ni una pincelada a un muerto, he pensado que, si un cojón de cura vale lo que usted ofrece, cuanto mas valdrá el de un obispo o un diputado a cortes.
Melitón abrió un enorme baúl que llevaba cerrado con llave, y seguidamente, me mostró la fotografía de D. Félix Ugarte Alvarado, presidente de la confederación hidrográfica del Júcar, y senador por designación real en las primeras cortes generales de la democracia. Continuó con otros hombres de indudables méritos, entre los que se encontraba el capitán general de la quinta región militar, fallecido recientemente de un atracón de marisco, y el inventor de la gaseosa, que naturalmente, había muerto de viejo.
–No compare usted –afirmó–, un simple cojón de cura, con los atributos de tan altas personalidades, porque debería saber, que la dignidad del hombre, se extiende a cada una de sus partes, y que por tanto estos huevos de aquí, merecen el tratamiento adecuado; éste por ejemplo, que perteneció a un ex presidente de la Generalitat, tiene tratamiento de excelentísimo, y este otro, de ilustrísimo, porque si sus propietarios lo fueron en vida, digo yo, que lo serán también sus cojones después de muertos.
Melitón había añadido a cada paquete, un cartelito en que figuraba el tratamiento que se debía dar a cada uno de los cojones que traía, “Excelentísimo cojón de D. Andrés Ugarte, ingeniero de caminos y vicerrector de la Universidad de Comillas”, “Ilustrísimo Cojón de D. Eusebio Valiente Escribano, Coronel de infantería”, y así sucesivamente, hasta un total de veintiocho. Expliqué a Melitón las razones de mi ofrecimiento, que nada tenían que ver con la dignidad de los cojones del sacerdote, pero no pude evitar caer en la tentación de adquirir la mercancía a un precio razonable, pues no me parecieron del todo descabellados los razonamientos de Melitón, y consideré apropiado, para un asesino en serie, disponer de una buena colección de testículos bien catalogados. Juro señor comisario, que no era mi intención alimentar rumores malsanos, y mucho menos estimular el espíritu codicioso de los honrados ciudadanos de esta apacible villa, pero no pude evitar que se extendiera el rumor de que alguien estaba adquiriendo a buen precio cojones de ciudadanos ilustres, por lo que le ruego presente usted mis excusas ante el señor ministro. Tenía pensado enviar a James esta misma mañana, para que personalmente le restituyera los suyos, por si todavía podían serle de provecho, pero un suceso del todo inesperado, me impide una vez mas cumplir mi propósito, puesto que ayer, después de la cena, James se dirigió a mí con mayor severidad de la acostumbrada, para comunicarme que yo nunca he matado a ningún sacerdote, ni tengo más propiedades que los zapatos que llevo puestos. Me dijo que la búsqueda del cojón de D. Marcial, no es sino un delirio alucinatorio de un loco, que Melitón Suspiros, el coronel Valiente y don Andrés Ugarte, no han pisado nunca la faz de la tierra, y que él mismo, James, sólo es una mancha de humedad en la pared de la habitación trescientos diecisiete del ala para enfermos mentales del hospital clínico.
Naturalmente estas revelaciones han influido sobremanera en mi estado de ánimo, y propiciado un nuevo cambio de planes.
–¿Por qué James, fiel criado y buen amigo mío, ha pretendido confundirme con argumentos tan inusuales?
Señor comisario, ni a usted ni a mi se nos escapa, que James sólo podía tener un motivo para inventar tan burdo engaño, y descubrí al instante, que mi criado me había traicionado, y que de alguna manera, había conseguido apropiarse del cojón perdido de Don Marcial. Recordé que durante la tarde, se había ausentado sin motivo, llevando bajo el brazo un paquete que, al principio, no me pareció sospechoso, y que sin lugar dudas, contenía el cojón extraviado. Aproveché la oscuridad de la noche, para colarme a hurtadillas en el aposento de James, maniatarlo todo lo bien que supe, y bajarlo al sótano, dónde no tuve más remedio que someterlo a crueles procedimientos de tortura, hasta que confesó que el paquete lo había enviado al domicilio de su anciana madre, en el centro de Londres.
No recuerdo si James estaba vivo o muerto cuando lo metí en el horno crematorio, pero lo que si puedo asegurarle, en descargo de mi buen amigo, es que no robó el cojón por codicia, sino a causa de ciertas inclinaciones lascivas que arrastraba desde su infancia, y que le habían llevado del fetichismo a la sodomía, pasando por un buen número de perversiones sexuales, que sería ocioso enumerar en este momento. Bien podrá entender, señor comisario, que en su condición actual, James no puede entregarle nada personalmente, por lo que he decidido enviarle sus cojones por correo certificado, junto con los del señor ministro, al que le ruego reitere mis disculpas. Yo por mi parte debo continuar la búsqueda, por lo que partiré inmediatamente hacia Londres, dónde le aseguro tengo la intención de andarme con más ojo, no vaya a ser que algún desdichado cometa la insensatez de cortarle los huevos a su alteza real el príncipe Carlos.
De su admirador y archienemigo.
Profesor G. Moriartti.

El comisario miró una vez más el cojón planetario de D. Marcial Alonso, y pensó que si el resto de la virilidad de aquel hombre santo, se asemejaba siquiera remotamente a tal enormidad, su celibato había representado uno de los mayores errores de la historia. Levantó la cabeza y con voz atiplada se dirigió a su interlocutor.
–No se preocupe usted, señor ministro, ese cabrón no ira a ninguna parte..

0:02

Mi pie izquierdo

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La verdad es que lo echaba de menos.
Era raro estar tan solo, a pesar de toda esa gente.
Siempre habían estado juntos, desde que nacieron,
y no conseguía hacerse a la idea de esta separación tan extraña y súbita
Y eso que, a lo largo de los días y las horas, muchas veces preferían estar alejados, no más de metro, ó metro y medio.
Uno arriba, otro abajo, tú debajo de la silla, yo encima de la mesa.
Pero no podía evitar el recuerdo de tántas cosas juntos: los abrazos, los nudos, correr, alternar escalones,bailar...
Ah, el baile. Era tan excitante competir en tal cosa, aún y cuando sabía que el peso, el paso, el freno y todo lo demás recaía sobre el otro. No en vano era el amo de la lateralidad,algo desconocido por muchos, y que para sus ojos lo hacía tan imprescindible y admirado.
Y ahora lo había abandonado, sin entender muy bien la razón. Decía que un paisaje, un bosque,lo había subyugado y atraído fatalmente hacia él.
Podían haber hecho el viaje juntos como siempre, sin embargo no fué así. Aquello era sólo suyo, había brotado de su interior, y no podían habitarlo ambos, ni compartirlo.
Hoy, distraído y triste, miraba el horizonte de otro mar, otro paisaje.Estiraba sus dedos, los abría, esperando encontrar el contacto con el otro.
Pero las olas que se acercaban a la orilla, solo podían salpicar a uno, a uno solo.

10:23

Obsesión

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El paso del tiempo se hacía cada vez más lento, la monotonía cada vez más insufrible, esperaba con ansia la llegada de la anhelada misiva. Rocío llevaba su vida centrada en su obsesión. Se sentía culpable por su negativa a contraer nupcias con su eterno amor, Alfredo.
Día tras día, escarbaba en su pequeño cofre donde se encontraba la nota de despedida: "Me comunicaré contigo, una vez que recobres la cordura, no puedo continuar esperando a que tus problemas existenciales desaparezcan"
Para Rocío su trabajo era muy importante, la manera de incrementar la producción de frutos en sus huertos, la obsesionaba. Luciendo una máscara de frescura se sumía en una vorágine de trabajo que la llevaba al agotamiento, que sólo lo curaba con más trabajo. Ahora, después de un año de espera, Rocío cayó en la cuenta de su error y ha decidido escapar de su agobio, irá a la ciudad a buscar a Alfredo, aunque sabe que extrañará su ambiente lleno de color y de fresco sabor a frutos recién cosechados.__._,_.___

3:54

La libreta

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Martín permanece quieto, acurrucado junto a las rocas, con los pies enterrados en la arena ya tibia, la mirada fija en el sol que se pierde por el horizonte. No quiere seguir huyendo. Está cansado y, aunque cree que no tuvo la culpa, no deja de pensar en María, en su pelo negro salpicado de sangre, en su cara desencajada por el golpe, en María muerta. Eso sí lo recuerda.
Se lo había advertido antes de salir de Madrid, mientras cargaban el coche con sombrillas, neveras y balones hinchables, en la oscuridad del garaje ya casi vacío. Lo llevaba anotado en su libreta roja, junto al nombre de las pastillas, el de María y el de los niños, junto al teléfono del doctor Marugán. Algunos días lo recuerda casi todo, sin necesidad de anotarlo, pero cada vez son menos.
Sabe —cree— que ha hecho algo mal. Repasa una vez más la libreta, comenzando por la página escrita antes de salir de viaje, recorre una por una las anotaciones en un escrupuloso orden cronológico, «…la mujer se llama María, es tu esposa y madre de esos dos niños, Álvaro y Laura…», «…os vais de vacaciones a la playa, igual que el año pasado, igual que todos los años, a Conil, Cádiz…», «…tú no puedes conducir, no desde el accidente…», «…te llamas Martín».
Algunas páginas contienen nombres que no logra descifrar —supone que son medicamentos—, acompañados siempre de una nota idéntica: «pregúntale a María». El sol ha desaparecido y la página que tiene delante tampoco la entiende del todo. No sabe el significado de la palabra «crisis», ni el de «ataque», pero reconoce la fotografía que hay pegada al pie de la hoja; es la misma playa, las mismas rocas que tiene ahora delante, y se siente mejor, porque ha cumplido con el texto que la acompaña: «espérame aquí».
Pregunta una vez más por María, es lo único que recuerda. Le han quitado la libreta. Dice el doctor que aquí ya no la necesitará.

3:53

El rincón luminoso

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Ese era tu rincón preferido abuela. Recuerdo el día que tomé la foto, fue un instante especial, de esos segundos que rara vez te concede la vida y que afortunadamente puede quedar constancia para que la emoción del momento pueda embargarte una y otra vez. Contemplo con los ojos humedecidos tu imagen, tu serena imagen, tu mirada a la que ya nada altera, tus manos en merecido descanso pero siempre dispuestas y sobre todo esa luz abuela, esa luz que venía de ti más que del entorno, que iluminaba tus pequeñas cosas dándoles una pátina de importancia por humildes que fueran. Y casi siempre lo eran.
Pasaste de puntillas por la vida, como una pequeña avefría inquieta y solitaria. Nada escapaba a tu atención y tu cuidado.
Un día en plena adolescencia, irrumpí con mi melena rizada teñida de Henna y mi cesta de asas largas, en tu casa del pueblo. Venía de una manifestación con todo el entusiasmo y la alegría de mis diecisiete años. Te conté con vehemencia mis ilusiones y mi concepto del mundo……sabías escuchar y esos ojos tuyos inmensos absorbían con tanta ilusión mis explicaciones… ..Jamás, ahora lo puedo decir, nadie ha prestado tanto interés, interés del bueno, por mis cosas. Te hablé de la paz, de la paz en el mundo….te enseñé pancartas y soflamas. Te pareció hermoso, querida abuelita y te regalé ese símbolo que colocaste ahí en la pequeña vitrina, junto a tus pequeños tesoros y ahí ha estado años y años. Casualmente lo inmortalicé en esa foto, tu pacífica imagen viene a corroborar tus sabias palabras que en aquel momento no supe valorar en su justa medida: “Cada uno de nosotros tendría que mirar hacia dentro de su corazón y encontrar su propia paz, si esto se consiguiera, repercutiría en la paz del mundo”.
Ahora ya sé, abuela, ya sé un poco más y sigo aprendiendo.

0:01

Brenda

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Frankie

Todo el mundo sabe que Frankie es un pobre diablo, un tipo silencioso que sólo abre la boca para dar malas noticias. Cuando lo vi entrar en el restaurante del hotel Luxor, sospeché que algo en la ciudad no andaba bien. Es Brenda, me dijo, se ha lanzado al vacío desde una de las torres del Excaliber. Llegamos a tiempo para ver como el forense arrancaba con una espátula los restos de piel que habían quedado pegados al asfalto.

Brenda

Gané a Brenda en una partida de blackjack, del tipo que la perdió sólo recuerdo que al verla salir de la habitación se desplomó sobre una botella de bourbon. Una noche, en el tocador de señoras del casino, Brenda me contó que era casi una niña cuando un productor de cine de Los Ángeles le rompió la nariz con el segundo rollo de la versión coloreada de “Que bello es vivir”. Desde entonces, me dijo, tengo la fea costumbre de esnifar cocaína por el culo.

Ernie

Perdí a Brenda en una mala mano, el tipo que la ganó se llamaba Ernie Costello, el mejor jugador de poker de Nevada. Los ojos de Ernie funcionaban como un detector de mentiras. Después de ganar aquella mano, Ernie Costello, metió a Brenda en la vitrina de los trofeos.

Ray

Brenda Watson no hizo ni una sola vez en toda su vida lo que debía hacer. La noche que el boxeador Ray Morales le regaló un diamante, la muy imbécil, lo guardo en el bolsillo de Ernie. Frankie me contó, que una ocasión Brenda había intentado taponar una herida de bala con la aceituna de un dry martini.

Miller

El detective Miller es un tipo sin sonrisa, piensa que las únicas mujeres que valen la pena cobran cincuenta dólares por hora. Fue él quien me contó, la misma noche de la tragedia, que en la garganta de Brenda habían encontrado semen de siete jugadores de los Broncos de Denver. Recordé, que un día antes de largarse con Ernie Costello, Brenda había dicho: Sabes, Tim, lo que más admiro en un hombre es que lleve los calzoncillos limpios.



11:42

Mi pie derecho

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Estaba el mar, y también la luz brillante de un caluroso domingo de Julio.
En la playa, apenas cuatro gatos se perdían a lo lejos.
Era toda nuestra. Yo miraba distraída el horizonte, disfrutando de ese día mágico -mente en blanco-, cuándo entonces sucedió:
mi pie derecho que hasta ese momento había estado ausente, comenzó a cambiar de aspecto y a crecer lentamente, sin ningún dolor.
Creí que lo soñaba, pero no. Ocurría ahí mismo, delante de mis ojos, podía tocarlo. De su planta iban brotando con suavidad pequeñas montañas sembradas de pinos oscuros, formando el paisaje, que en minutos se fundía en un todo.
Me quedé mirando con sorpresa, pero sin miedo.Era verdad.
No quería levantarme para no aplastar esa postal que había brotado de mí misma.
Hacía un rato que me estaban llamando,pero el asombro y la desazón impedían cualquier movimiento voluntario.
Yo notaba cómo, despacito, las montañas y sus árboles iban enraizando en mi pie, subiendo luego por la pierna, muy adentro, muy profundo. Oía voces, volvían a llamarme.No era capaz de destruir aquello. El sollozo se hizo presente, y pude expresar entre lágrimas, un dolor indefinido que me paralizaba.
Entonces todos corrieron, y me quedé sóla de nuevo. Sóla con mi pie derecho. Aproveché para admirarlo, para conectar con aquel paisaje,esas raíces enredadas. Y en ese instante, justo detrás del árbol más grande, advertí algo...Era una clara señal para que ese extremo de mi cuerpo se reuniera en el bosque de sombras.
Ahora mi pie ve la misma playa cada día y cada noche. Es su playa. Sólo que la ve desde enfrente, de espaldas al mar , justo al otro lado de dónde yo me encuentro.

7:51

Ola de calor

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Getafe, Madrid. Dieciseis horas y quince minutos. Temperatura interior, veintisiete grados; temperatura exterior, cuarenta y un grados (y subiendo). Un gorrión acaba de desplomarse sobre la acera, frente a mi ventana, víctima sin duda de un golpe ¿de calor?, ese concepto nuevo y utilizado hasta la saciedad, tanto que a la vista de esta escena (tan común) algunos aprovecharían para enfatizar sobre polémicas políticas y medioambientales. Ociosos.
Pocos valientes por la calle, pegados en fila india a la escasa sombra que a estas horas arrojan los edificios, paseantes forzosos camino de la última media jornada de esta semana, quizá de este mes, tal vez alguno, a su pesar, ni siquiera vuelva a disfrutar del frío del próximo invierno. Cuerpos anónimos se arrastran como muñecos con los rostros desfigurados, quejosos, amargados, mostrando no obstante muecas idénticas a las de sus ancestros, aquellos abuelos que ocho décadas atrás, cuando el aire acondicionado era un invento sin futuro de los muchos que se importaban de allende los estates, cruzaban estas calles que entonces eran sólo polvo y cantos, bajo el mismo sol abrasador que nos sigue sacudiendo, ajenos entonces al significado de términos como calentamiento global, gases invernadero, política medioambiental, golpes de calor.
Ellos apartaban con las alpargatas los pájaros que caían en el camino. El botijo, la sombra de la higuera, el abanico y el pañuelo de cuatro nudos. No había luz ni apagones.
Y encima eran felices.

10:00

Isabela

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Miro hacia adentro, y trato de descubrir donde está ese hilo que ata mi corazón con el tuyo, nona, me dijiste que siempre estaríamos atadas, pero hoyme dicen que te has ido al cielo.

6:58

Jaula de oro

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Como en esta maldita jaula no puedo cantar,
me pongo a gritar, gritar y gritar
durante días.
Así, poco a poco,
consigo aliviarme.

10:13

Candela

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Candela es alta, delgada, fuerte y orgullosa, la más esbelta y firme de toda la calle, del pueblo entero, quizá, pero al mismo tiempo es ligera, espigada y quebradiza, tanto que su largo cuello se tambalea de norte a sur, de este a oeste, hasta crujir en silencio con el empuje de la primera brisa marina.
La conocí hace años, una mañana nublada de otoño en la que sólo ella reinaba en la soledad del paseo marítimo, como una Penélope de puerto cuyo prometido no fuera a regresar jamás. Por su aspecto diría que ronda los cincuenta, aunque conserva un brillo más propio de una veinteañera, salpicado, eso sí, por marcas profundas y grietas envejecidas, labradas año tras año por falta de cuidados y por esos duros temporales de poniente a los que nunca se resiste.
No tiene pelo que ondear a ese viento que no cesa, ni pecho al que asomarse en las tardes de verano, mientras los chiquillos juegan a sus pies, aunque pies no tiene, tampoco, ni manos en las que lucir sortijas oxidadas, ni falta que le hacen: Candela es mi farola favorita.

4:21

Intruso

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Vine con las mejores intenciones, esa es la verdad. Hace ya mucho tiempo que me busco la vida, desde que las condiciones de la marisma donde vivía se degradaron, mis hermanos y yo tuvimos que salir volando. No sé donde paran ellos, pero no quiero soltar ni una lágrima, voy a ser fuerte y pensar lo mejor. Seguro que los han acogido, al fin y al cabo, somos buena gente y sólo queremos vivir y poder comer, sin molestar a nadie.
Aquí se está bien, un poco apretados pero observo que hay comida para todos. El agua de este río está razonablemente limpia.
Yo ya he ido saludando educadamente, me he presentado con mis mejores maneras y mi plumaje está limpio. Ayer, sin ir más lejos estuve dándome lustro minuciosamente, pluma por pluma. Soy muy diferente ya lo sé, ellos son vistosos, graciosos…sus plumas de colores variados. Algunos incluso las tienen que brillan bajo los rayos del sol, de colores tornasolados, verdes y turquesa.
Yo, si me dejaran un rinconcito, podría ayudarles en tantas cosas. Soy mucho más resistente, mi vuelo es más potente porque tengo las alas más grandes y puedo sumergirme y alcanzar con mi pico, todos los insectos y demás artrópodos de los que se alimentan y que se esconden en el fondo del lodo. Vaya, que podríamos formar un buen equipo y tener una buena convivencia, si ellos quisieran….al fin y al cabo, parecen haber tomado posesión de este territorio sin más, y yo me pregunto ¿qué derecho les asiste? La tierra nos pertenece a todos.
Pero no voy a insistir más, me voy. No podría vivir entre tanta hostilidad. Hay algo peor que el desprecio y es la indiferencia, sencillamente me ignoran.

7:19

La malquerida

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Le había quitado su vestido de novia, mientras bailaban. Nunca se lo habría permitido, si no hubiera sido por aquella promesa.
Él quedó jugando con los cientos de metros de seda blanca cubriéndose el rostro, y no podía verla. Para él era sólo eso, un juego.

Ella quiso morir en aquel instante.

0:35

Astro rey

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El astro rey con sus rayos policromos ya nos besa,
Con un guiño nos regala sinfonía de colores
Que su paleta armoniosa, en arco iris brillante
Con pinceladas maestras, en su labor de pintor
Con oficio los expresa.

Ilumina con arrojo
Las sonrisas de los niños
Y con su tibia caricia
Pone pinceladas tiernas en los
Cabellos de armiño.
.

5:41

Paparazzi

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Creo que lo conseguimos, nada menos que el señor presidente, ¡Lula da Silva! No me puedo creer que lo hayamos fotografiado, y con esa mujer, ¿quién era?

Al pobre lo estaba dejando seco, qué bárbara, y así en público, ¿cómo se atreve? Claro que en este pueblo perdido del norte, no podían ni imaginar que habría algún turista, de hecho somos las únicas, uau, me siento paparazzi malvada, no sé por qué lo hago pero venga, ¡otra y otra más! Me disculpo, pero no puedo evitarlo, y ¡otra! Ahora dentro del coche, oiga señora déjelo de una vez, pobre hombre, anda, ahora suben los cristales, pues me da igual, ¡otra más!


Oye, Pe, espera.. un momento... mira ahí atrás... sí, al otro lado del cristal... ¡¡cuidado!!


Noticias internacionales: una turista española muere de forma misteriosa al impactar contra su cabeza una bala perdida, producida al parecer en un tiroteo entre mafias. Se sabe que iba acompañada de una amiga brasileña, de la que hasta el momento, se desconoce su paradero.

4:37

Siete días

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Aún falta una semana, Yisus, aguanta un poco las palabras.
Ya publicarás cuando te lleguen las vacaciones. Seguro.

Por ahora, el semáforo sigue en rojo para ti.

3:59

Atardecer

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Esta tarde, veinte de Julio, me levanté de golpe pensando que era mediodía. Sin embargo, atardecía. Me estremecí de placer al comprobar que era así. No sé por qué había creído otra cosa. El cansancio de la noche anterior en la que había tocado el cielo como nunca lo había hecho antes, me cambió el ritmo de vigilia y sueño.
Salí y respiré el aire húmedo que venía del mar, sintiendo una profunda felicidad que me embargaba de forma sorprendente y nueva para mí.
Abrí los ojos estirándolos al máximo,c omo si me desperezara, y entonces lo ví : el sol advertía de su marcha con unas nubes anaranjadas y una luz amarilla que se asemejaba a la erupción de un volcán. En ese momento sentí esa luz dentro de mí, que también se desbordaba como el volcán, y sentí que la vida valía la pena.

Y todo era real, estaba ahí, justo detrás de mi ventana.

3:43

Insomnio

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Debe de ser el calor, o las hormonas, o la luna. En las noches de insomnio, la mente se convierte en una maquinaria perversa que elabora en ese estado de semi-consciencia imágenes y pensamientos desbocados. Desde lo más disparatado y divertido, hasta lo más macabro.
Me resistí todo lo que pude, jamás me han gustado esas historias tan convencionales de los que te aconsejan: cuenta ovejas.
Pues bueno, por una vez me puse a ello, a contar ovejas. Por probar no perdía nada. Una, dos, tres….y, como si se tratara de algo mágico, me encontré en un paisaje esponjoso y húmedo en el que se daban cita todos los matices del verde. Lo de menos eran las orondas ovejas de cabeza negra. Observando con detenimiento, ese entorno me resultaba familiar. Yo había andado sobre esa hierba húmeda oyendo constantemente el ruido del agua, contemplando como en cuestión de minutos el sol se escondía tras gruesas nubes y teniendo que correr a refugiarme porque el chaparrón caía a continuación, inmisericorde. Inmediatamente, como haciendo un guiño después de tan pesada broma, el sol asomaba por un resquicio de los nubarrones enfocando retazos de verde cambiante y luminoso. La irrealidad del momento era sublime y te transportaba a un lugar sin tiempo.
Por donde iba, las ovejas se habían desperdigado y eso ya no era un rebaño digno de ser contado de manera ordenada. Dejé de lado las ovejas y me concentré a pensar por unos momentos donde me encontraba. ¡Acabáramos! en Donegal, el norte de Irlanda, la isla verde. Y esas alucinaciones el producto de una leve borrachera de Guinnes, tendría que volver al pub de anoche, me habían gustado esos maravillosos efectos.

3:07

Madrugada

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Esta mañana, diecinueve de Julio, me levanté de madrugada pensando que ya era de día. Me estremecí de dolor al comprobar que no. No sé qué hacía a tales horas. El cansancio de tanto llanto del día anterior me había cambiado el ritmo de sueño y la vigilia.
Me quedé en silencio, sin un solo movimiento, esperando, no sabía muy bien el qué..
Ya no tenía esperanza tras lo sucedido. Me había desgarrado el corazón esa pérdida. Seguí esperando sin moverme, apenas podía notar mi respiración. Y entonces sucedió: el sol anunciaba su salida, primero con unas luces anaranjadas en las nubes, después una explosión de luz amarilla, antes de poder verlo, que parecía brotar de la cima de la montaña como un volcán. Esa luz dorada inundó mi corazón haciéndome creer por unos minutos que yo vivía allí, en la luz, en el sol, y que nada había ocurrido.

Y parecía tan real, justo ahí, delante de mi ventana.

1:35

Propuesta

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En esta época veraniega/vacacional en la que muchos estamos inmersos (yo todavía no, por desgracia, pero ya me voy haciendo a la idea), casi todos nos liberamos de gran parte de las correas que nos comprimen el resto del año: trabajo, tráfico, horarios, compromisos…, prisa en general.

Cuando desconectamos de la rutina diaria y alienante del resto del año, podemos dedicar más tiempo a observar nuestro entorno, como si la película que pasa frente a nuestros ojos lo hiciera a velocidad ralentizada, algo similar a la cámara lenta de las películas o la televisión. Y esa velocidad más lenta nos permite captar sensaciones, imágenes e ideas que en otro caso pasarían desapercibidas o simplemente ignoradas. Pues bien, mi propuesta se centra en todas esas instantáneas, en esas fotografías que ahora sí vemos, y por tanto podemos describir con calma y con detalle.

Supongo que todos disponemos de una cámara fotográfica, probablemente digital, con la que captar una imagen fija de algo que llame de alguna forma nuestra atención: ese paisaje que se puede ver desde casa y en el que no solemos fijarnos habitualmente, un grupo de personas anónimas que juega al fútbol en la playa a la puesta del sol, una pareja de ancianos que pasea en manga corta bajo la sombra de unas acacias, la sonrisa de un niño con la cara repleta de helado de chocolate y la mirada fija en el tiovivo de la feria, la paz que refleja una señora embutida en un bañador azul mientras duerme la siesta bajo una pequeña sombrilla de playa… Cualquiera de esas fotografías, por sí sola, representa ya una pequeña historia, un microcuento que espera a que alguien lo plasme en palabras.

Nosotros sabemos escribir, y vamos a demostrarlo.

El plan es muy sencillo: basta con darse una vuelta por el entorno que nos rodea, fijarnos en cualquier detalle que llame nuestra atención, plasmarlo mediante una fotografía y después, en la calma de esa habitación fresquita y silenciosa en la que mejor se nos da escribir, dedicar un rato a extraer, con palabras, la historia que se esconde detrás de la foto. No hace falta decir que se pueden inventar, desarrollar, recrear o concatenar otras historias paralelas a la de la instantánea, todo lo que haga falta para conseguir un microcuento —o algo más largo, quién sabe— a partir de una imagen. Ya lo hicimos con la vaca de Tansey, y salió bastante bien. Ahora, en lugar de una fotografía igual para todos, cada uno podrá basar el cuento en su propia imagen, en lo que está viendo a cámara lenta gracias a esta merecida desconexión estival.

De momento, hasta que tenga tiempo para montar un blog o algo similar, será suficiente con que enviemos al grupo (gruporelato@ yahoogroups. com) un mensaje de correo con el cuento —escrito en Word, por ejemplo— y la fotografía adjunta al mensaje.

Bueno, se trata tan solo de una propuesta, pero si os parece interesante, posible y divertida, podemos ponerla en marcha y —estoy seguro— conseguir un resultado de calidad, algo como un proyecto fin de curso. En vuestras manos lo dejo.

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