Martín permanece quieto, acurrucado junto a las rocas, con los pies enterrados en la arena ya tibia, la mirada fija en el sol que se pierde por el horizonte. No quiere seguir huyendo. Está cansado y, aunque cree que no tuvo la culpa, no deja de pensar en María, en su pelo negro salpicado de sangre, en su cara desencajada por el golpe, en María muerta. Eso sí lo recuerda.
Se lo había advertido antes de salir de Madrid, mientras cargaban el coche con sombrillas, neveras y balones hinchables, en la oscuridad del garaje ya casi vacío. Lo llevaba anotado en su libreta roja, junto al nombre de las pastillas, el de María y el de los niños, junto al teléfono del doctor Marugán. Algunos días lo recuerda casi todo, sin necesidad de anotarlo, pero cada vez son menos.
Sabe —cree— que ha hecho algo mal. Repasa una vez más la libreta, comenzando por la página escrita antes de salir de viaje, recorre una por una las anotaciones en un escrupuloso orden cronológico, «…la mujer se llama María, es tu esposa y madre de esos dos niños, Álvaro y Laura…», «…os vais de vacaciones a la playa, igual que el año pasado, igual que todos los años, a Conil, Cádiz…», «…tú no puedes conducir, no desde el accidente…», «…te llamas Martín».
Algunas páginas contienen nombres que no logra descifrar —supone que son medicamentos—, acompañados siempre de una nota idéntica: «pregúntale a María». El sol ha desaparecido y la página que tiene delante tampoco la entiende del todo. No sabe el significado de la palabra «crisis», ni el de «ataque», pero reconoce la fotografía que hay pegada al pie de la hoja; es la misma playa, las mismas rocas que tiene ahora delante, y se siente mejor, porque ha cumplido con el texto que la acompaña: «espérame aquí».
Pregunta una vez más por María, es lo único que recuerda. Le han quitado la libreta. Dice el doctor que aquí ya no la necesitará.
Se lo había advertido antes de salir de Madrid, mientras cargaban el coche con sombrillas, neveras y balones hinchables, en la oscuridad del garaje ya casi vacío. Lo llevaba anotado en su libreta roja, junto al nombre de las pastillas, el de María y el de los niños, junto al teléfono del doctor Marugán. Algunos días lo recuerda casi todo, sin necesidad de anotarlo, pero cada vez son menos.
Sabe —cree— que ha hecho algo mal. Repasa una vez más la libreta, comenzando por la página escrita antes de salir de viaje, recorre una por una las anotaciones en un escrupuloso orden cronológico, «…la mujer se llama María, es tu esposa y madre de esos dos niños, Álvaro y Laura…», «…os vais de vacaciones a la playa, igual que el año pasado, igual que todos los años, a Conil, Cádiz…», «…tú no puedes conducir, no desde el accidente…», «…te llamas Martín».
Algunas páginas contienen nombres que no logra descifrar —supone que son medicamentos—, acompañados siempre de una nota idéntica: «pregúntale a María». El sol ha desaparecido y la página que tiene delante tampoco la entiende del todo. No sabe el significado de la palabra «crisis», ni el de «ataque», pero reconoce la fotografía que hay pegada al pie de la hoja; es la misma playa, las mismas rocas que tiene ahora delante, y se siente mejor, porque ha cumplido con el texto que la acompaña: «espérame aquí».
Pregunta una vez más por María, es lo único que recuerda. Le han quitado la libreta. Dice el doctor que aquí ya no la necesitará.

0 comentarios:
Publicar un comentario