El mirador estival

Relatos veraniegos a cámara lenta

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El rincón luminoso

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Ese era tu rincón preferido abuela. Recuerdo el día que tomé la foto, fue un instante especial, de esos segundos que rara vez te concede la vida y que afortunadamente puede quedar constancia para que la emoción del momento pueda embargarte una y otra vez. Contemplo con los ojos humedecidos tu imagen, tu serena imagen, tu mirada a la que ya nada altera, tus manos en merecido descanso pero siempre dispuestas y sobre todo esa luz abuela, esa luz que venía de ti más que del entorno, que iluminaba tus pequeñas cosas dándoles una pátina de importancia por humildes que fueran. Y casi siempre lo eran.
Pasaste de puntillas por la vida, como una pequeña avefría inquieta y solitaria. Nada escapaba a tu atención y tu cuidado.
Un día en plena adolescencia, irrumpí con mi melena rizada teñida de Henna y mi cesta de asas largas, en tu casa del pueblo. Venía de una manifestación con todo el entusiasmo y la alegría de mis diecisiete años. Te conté con vehemencia mis ilusiones y mi concepto del mundo……sabías escuchar y esos ojos tuyos inmensos absorbían con tanta ilusión mis explicaciones… ..Jamás, ahora lo puedo decir, nadie ha prestado tanto interés, interés del bueno, por mis cosas. Te hablé de la paz, de la paz en el mundo….te enseñé pancartas y soflamas. Te pareció hermoso, querida abuelita y te regalé ese símbolo que colocaste ahí en la pequeña vitrina, junto a tus pequeños tesoros y ahí ha estado años y años. Casualmente lo inmortalicé en esa foto, tu pacífica imagen viene a corroborar tus sabias palabras que en aquel momento no supe valorar en su justa medida: “Cada uno de nosotros tendría que mirar hacia dentro de su corazón y encontrar su propia paz, si esto se consiguiera, repercutiría en la paz del mundo”.
Ahora ya sé, abuela, ya sé un poco más y sigo aprendiendo.

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