Esta tarde ha venido a regar el jardín. Se llama Ashraf. Nunca me había sonreído así. O quizá es la manera como lo he mirado yo por primera vez, no sé, pero al decirme lo del riego, me ha parecido que sí, que las flores necesitaban agua, y como una autómata, lo he seguido hasta el grifo de la manguera. Él se ha vuelto hacia mí, extrañado pero divertido a un tiempo, ya que siempre lo dejo solo en sus quehaceres. Sin saber muy bien lo que estaba haciendo, le he ayudado a desplegar la larga manguera de rayas de colores, y entre los dos la hemos colocado en la jardinera más lejana del grifo. No sé por qué, no me ha parecido lo suficientemente larga, o quizá la jardinera estaba demasiado lejos. El caso es que la he tomado con las dos manos y haciendo fuerza con mis brazos, he empezado a estirarla, estirarla, para asombro de Ashraf que seguía con esa sonrisa seductora que vengo de descubrir. En ese momento se ha roto uno de los puntos de unión, por la tensión que he producido, y el agua ha brotado como si fuera una toma de esas de los bomberos, que siempre parece verse el sol a contraluz. No me he apartado ni he hecho nada. Me he dejado calar hasta los huesos, mientras oía mi propia risa, y veía como mi camiseta amarilla recién comprada, se lavaba antes de lo previsto. Ashraf ha venido a socorrerme, y sin darse cuenta o sin pretenderlo, se ha calado él también, completamente. Los dos nos hemos encontrado de pronto riendo casi al unísono, mojándonos con el agua que nos ha dejado las camisetas, los pantalones y los cuerpos chorreando. Sin saber qué me estaba guiando a ese comportamiento, me he abrazado a su cuerpo húmedo, y he empezado a darle vueltas a la manguera de rayas en torno nuestro, aprisionándonos en un caracol acuático. He podido comprobar mientras me apretaba a su pecho, lo fibroso de sus brazos, y la tersura de su espalda. No podía dejar de reírme mientras me besaba, lo que ha dificultado en un principio el propio beso, ya que solo estaban mis dientes en primera fila. Ha sido cuando he notado su lengua tan larga como la manguera, que entraba hasta mi garganta, que he cerrado la boca de golpe como si me hubiera atragantado, pero con los suficientes reflejos para volverla a abrir y recuperar lo perdido. Ha sido fácil desprendernos de la ropa que nos estaba sobrando por diferentes motivos, pero hemos dejado que el agua siguiera escapándose de las junturas rotas, y poco a poco, el suelo de la terraza se ha convertido en un improvisado colchón resbaladizo, en el que nos hemos dejado llevar por el deseo y la imaginación, estimulada por una situación tan felizmente inesperada.
Tras un largo rodar de brazos, piernas y cuerpos desnudos, nos hemos quedado ambos tumbados hacia arriba mirando al cielo que en ese momento se había llenado con colores de planeta prohibido, porque ya atardecía. A pesar de la fría temperatura que ha ido tomando el suelo de la terraza con el agua, al tocar su piel con mi mano perezosa acariciándolo, he notado el calor que le brotaba como si tuviera fiebre. Sorprendida he pasado mi mano por mi propia piel, y he comprobado que también yo parecía una estufa. Los dos hemos suspirado profundamente y nos hemos mirado, sonriendo. He dirigido mi vista al cielo y estirando mi mano hacia arriba, he notado, claramente, que lo tocaba. Estaba blando y tibio, parecía un almohadón de plumas.
Ya de noche Ashraf se ha vestido lentamente con la ropa que se había secado. Yo, todavía algo somnolienta por el cansancio, solo he podido pensar en una noticia que he leído esta mañana en el periódico sobre las restricciones de agua.
Tras un largo rodar de brazos, piernas y cuerpos desnudos, nos hemos quedado ambos tumbados hacia arriba mirando al cielo que en ese momento se había llenado con colores de planeta prohibido, porque ya atardecía. A pesar de la fría temperatura que ha ido tomando el suelo de la terraza con el agua, al tocar su piel con mi mano perezosa acariciándolo, he notado el calor que le brotaba como si tuviera fiebre. Sorprendida he pasado mi mano por mi propia piel, y he comprobado que también yo parecía una estufa. Los dos hemos suspirado profundamente y nos hemos mirado, sonriendo. He dirigido mi vista al cielo y estirando mi mano hacia arriba, he notado, claramente, que lo tocaba. Estaba blando y tibio, parecía un almohadón de plumas.
Ya de noche Ashraf se ha vestido lentamente con la ropa que se había secado. Yo, todavía algo somnolienta por el cansancio, solo he podido pensar en una noticia que he leído esta mañana en el periódico sobre las restricciones de agua.

2 comentarios:
¿Será esta primavera que altera la sangre, o es que de verdad somos así?
Ja,ja,ja, pos a mí me gustaría que de verdad fuéramos así...
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