Ya está aquí.
El húmedo viento del suroeste que llevaba días mostrándonos de cerca las puertas del otoño, se retiró ayer humillantemente derrotado por el violento empuje de quien, por derecho propio, se considera el rey del Estrecho: el levante.
Hace trece años, cuando desembarqué en esta mi adoptiva y adorada tierra gaditana, escuche con una mezcla de mofa e incredulidad, una manida historia que relaciona a este viento con una especie de locura temporal que afecta, durante días e incluso semanas, a cualquiera que no cuente con un apropiado mobiliario en su azotea.
Con el paso de los años, el bulo se ha convertido en dogma de fe. Nadie escapa al eólico influjo de este asesino de neuronas. Hasta los turistas, incrédulos como yo lo fui, se dejan abrazar por una cálida locura que nos templa la sangre, desinhibe los instintos y muestra, cual kafkiana metamorfosis, ese animal que todos, incluso los presentes, mantenemos púdicamente oculto a los ojos de nuestros allegados.
Anoche estuvo aquí.
Desde primera hora del día, dedicó su cálida sabiduría a elevar, con impúdica eficacia, la temperatura corporal de todos a quienes se encontró a su paso. La llegada de la noche y el inestimable apoyo etílico con el que nos obsequiamos a los postres, no hicieron más que reforzar la postura dominante de este tórrido vendaval.
Venía a por mí.
Esta vez quería demostrarme, en primera persona, quién es el verdadero gurú de la testosterona. Quién dirige los ardientes pasos de los ingenuos mortales que, embriagados por su influjo, creemos ser dueños de una calenturienta voluntad que, sin duda alguna, le pertenece a él. Nos convertimos, sin darnos cuenta, en lúbricas marionetas que se rozan empujadas por violentos golpes de viento milimétricamente dirigidos. Sabe perfectamente lo que hace. No hay opción.
El húmedo viento del suroeste que llevaba días mostrándonos de cerca las puertas del otoño, se retiró ayer humillantemente derrotado por el violento empuje de quien, por derecho propio, se considera el rey del Estrecho: el levante.
Hace trece años, cuando desembarqué en esta mi adoptiva y adorada tierra gaditana, escuche con una mezcla de mofa e incredulidad, una manida historia que relaciona a este viento con una especie de locura temporal que afecta, durante días e incluso semanas, a cualquiera que no cuente con un apropiado mobiliario en su azotea.
Con el paso de los años, el bulo se ha convertido en dogma de fe. Nadie escapa al eólico influjo de este asesino de neuronas. Hasta los turistas, incrédulos como yo lo fui, se dejan abrazar por una cálida locura que nos templa la sangre, desinhibe los instintos y muestra, cual kafkiana metamorfosis, ese animal que todos, incluso los presentes, mantenemos púdicamente oculto a los ojos de nuestros allegados.
Anoche estuvo aquí.
Desde primera hora del día, dedicó su cálida sabiduría a elevar, con impúdica eficacia, la temperatura corporal de todos a quienes se encontró a su paso. La llegada de la noche y el inestimable apoyo etílico con el que nos obsequiamos a los postres, no hicieron más que reforzar la postura dominante de este tórrido vendaval.
Venía a por mí.
Esta vez quería demostrarme, en primera persona, quién es el verdadero gurú de la testosterona. Quién dirige los ardientes pasos de los ingenuos mortales que, embriagados por su influjo, creemos ser dueños de una calenturienta voluntad que, sin duda alguna, le pertenece a él. Nos convertimos, sin darnos cuenta, en lúbricas marionetas que se rozan empujadas por violentos golpes de viento milimétricamente dirigidos. Sabe perfectamente lo que hace. No hay opción.
Nos domina.
Como si de la casa de los tres cerditos se tratase, nuestras defensas terminan hechas astillas con un último soplido caliente como el aliento del Vesubio. Anulada por completo la resistencia, escucho su risa de orgulloso vencedor. Trata de humillarme.
Me resigno.
Cuando ya todo apunta a una nueva y tórrida derrota, Eolo se relaja, henchido de vana gloria mientras busca nuevas víctimas. Durante unos segundos, los hilos que sustentan mi voluntad se aflojan y quedan al alcance de mi boca. A dentelladas, arranco cada una de esas cadenas que me anulan y corro, desesperadamente, hasta alcanzar de nuevo el control sobre mis actos.
He ganado.
Ya puedo gritar con orgullo que lo he logrado.
He vencido al levante.
Hoy sigue aquí. Molesto, enrabietado, con más fuerza que nunca, me persigue. Está dolido y quiere venganza.
Quizá esta noche gane él. De momento, uno a cero.
Como si de la casa de los tres cerditos se tratase, nuestras defensas terminan hechas astillas con un último soplido caliente como el aliento del Vesubio. Anulada por completo la resistencia, escucho su risa de orgulloso vencedor. Trata de humillarme.
Me resigno.
Cuando ya todo apunta a una nueva y tórrida derrota, Eolo se relaja, henchido de vana gloria mientras busca nuevas víctimas. Durante unos segundos, los hilos que sustentan mi voluntad se aflojan y quedan al alcance de mi boca. A dentelladas, arranco cada una de esas cadenas que me anulan y corro, desesperadamente, hasta alcanzar de nuevo el control sobre mis actos.
He ganado.
Ya puedo gritar con orgullo que lo he logrado.
He vencido al levante.
Hoy sigue aquí. Molesto, enrabietado, con más fuerza que nunca, me persigue. Está dolido y quiere venganza.
Quizá esta noche gane él. De momento, uno a cero.

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