El mirador estival

Relatos veraniegos a cámara lenta





Estimado Sr. Comisario:

Le escribo estas breves líneas, porque según parece, sus múltiples ocupaciones le impiden atenderme personalmente, y siendo como soy la mayor mente criminal de la historia, no seria de recibo entregarme en cualquier esquina a un uniformado de poca monta.
Confieso que hace unas semanas procedí al desmembramiento del cadáver del párroco de la Iglesia Santa Isabel y San Bruno, a quien con anterioridad había asestado una tremenda puñalada en el hemitórax izquierdo. En prueba de lo que digo, adjunto a la presente una cajita con incrustaciones de nácar que contiene el testículo derecho de Don Marcial, pues a pesar de ingentes esfuerzos y no pocos quebraderos de cabeza, me ha sido del todo imposible mandarle los dos cojones del cura. Me acuso además de ser el causante involuntario de las tres desgraciadas muertes que no ha mucho tiempo tuvieron lugar en el segundo vagón de la línea cinco del suburbano, y de los no menos terribles sucesos acaecidos con posterioridad y que han dejado a buena parte de la población local privada de sus vergüenzas.
La cuestión es, señor comisario, que tras el atroz asesinato del sacerdote, tomé la decisión irrevocable de entregarme a las autoridades, presentando como prueba de mi delito los testículos del cura, pero como usted bien sabrá, en ocasiones, las cosas se tuercen por las razones más insospechas, pues a buen seguro, de no haber utilizado el transporte público para evitar los atascos del centro, doña Consuelo seguiría vivita y coleando, y usted tendría sobre su mesa los dos huevos de Don Marcial, y no uno solo. Tal fué mi mala fortuna, que en el trayecto en metro hasta la comisaría, un inesperado frenazo provocó que la cajita con incrustaciones de nácar en la que llevaba bien guardados los cojones de aquel hombre santo, saliera volando por los aires para perderse segundos después entre la multitud del vagón. Crea que no le miento si le digo que solo un hombre excepcionalmente dotado, podría haberse abierto camino entre aquella jauría de madrugadores para recuperar la cajita, pero que siendo como soy hombre de natural intrépido, conseguí deshacerme de todo el que se interpuso en mi camino, haciendo oídos sordos a los vociferantes, que ocultos en el anonimato del vagón, proferían insultos gravísimos contra mi persona, hasta que exhausto y abatido, alcancé al fin mi objetivo para comprobar atónito como una de las protuberancias había abandonado su confortable alojamiento, y se hallaba perdida irremisiblemente entre el gentío. Bien podrá entender el señor comisario, la sorpresa y malestar que me produjo tan desgraciado suceso, pues como no me cansaré de repetir era mi intención enviarle a su excelencia los dos huevos del cura y no uno solo, otro hombre en mi lugar hubiera dado el testículo por perdido, pero mi carácter inasequible en todo momento al desaliento, me empujo a iniciar una búsqueda con escasas posibilidades de éxito, por lo que sin reparar en las catastróficas consecuencias de aquel acto inútil, elevé el tono de voz todo lo que mis cuerdas vocales lo permitían y esgrimiendo en mi mano derecha un fajo de billetes, cuyo valor exacto ignoraba, pronuncié unas palabras que a punto estuvieron de llevarme a la sala de urgencias de un hospital próximo:
–Señoras, señores. Lamento informales que hace breves instantes he extraviado un objeto en este mismo vagón, que me veo obligado a recuperar de inmediato. Tal necesidad me empuja a solicitar la colaboración de todos ustedes, ya que sin ella sería del todo imposible que yo recuperase lo que me pertenece, y que antes que a mi, perteneció a un sacerdote que de haber vivido lo suficiente, a buen seguro hubiese llegado a obispo. Se trata del testículo derecho, por supuesto incorrupto, de un hombre santo. Mi interés en recuperar la reliquia es sincero, y es tanto mi apego y devoción por el anterior propietario de tan insólita mercancía, que ofrezco como recompensa a quien encuentre sano y salvo el huevo del cura, el fajo de billetes de mi mano derecha.

El inusitado volumen del fajo, y no el interés de mis acompañantes por contribuir a la recuperación de la reliquia, desató una verdadera tormenta de coscorrones, palos y empujones en la que los más fuertes intentaban por todos los medios anular cuanto antes a los débiles, con la nada desdeñable intención de cobrar la recompensa, y en la que éstos, envalentonados por la cuantía del premio, ofrecían una feroz resistencia, que iba mucho mas allá de lo que sus escasa fuerzas les permitían. Muy pronto comenzaron a escucharse los primeros gritos de auxilio y el crujir de los huesos de quienes a causa de su mala suerte, iban quedando atrapados bajo el enorme peso de la multitud. A duras penas conseguí zafarme del tumulto, para acabar apretado contra una señora de unos sesenta años, que con una sonrisa cómplice, me entregó la bola de caramelo de un chupa chups, no sé si con la intención de dar gato por liebre, o porque sencillamente confundía las bolas de caramelo con los cojones de cura. Un energúmeno surgió en aquel instante del verdadero caos de cabezas y torsos en que se había convertido el vagón, para atizarle a la pobre señora un sonoro manotazo justo encima de la coronilla, con la única intención de llegar hasta mi improvisado refugio y aprovechar la confusión del momento para birlarme la recompensa. Caí entonces en la cuenta de que los que todavía seguían en pie, habían tomado la sabia decisión de abandonar la infructuosa búsqueda del huevo, y solo intentaban arrebatarme el fajo de billetes con todos los medios a su alcance. Una vez mas se cruzó en mi camino la buena suerte, y se abrieron de par en par las puertas del vagón. Conseguí abrirme paso hasta la salida, pisando cuantas cabezas y cuellos fuera menester pisar para escapar de aquel infierno. El resultado de la aventura no pudo ser más descorazonador, los heridos se contaron por decenas, fueron tres los fallecidos durante la lucha, y el cojón de Don Marcial Alonso parecía haberse perdido para siempre.

II

Molido y fracasado regresé a casa con la intención de olvidar cuanto antes los desafortunados sucesos de la mañana, y abandonar definitivamente una búsqueda que no habría de proporcionarme sino nuevos quebrantos. No bastó la intención, señor comisario, y a media tarde se me ocurrió pensar lo que habría ocurrido si Miguel Ángel hubiera entregado a su santidad la Capilla Sixtina a medio terminar. Un desastre, amigo mío, un auténtico fiasco que habría acabado con la reputación del maestro, perdone si me ofusco en este punto de la narración, pero sería terrible que la mente criminal más perfecta de todos los tiempos fuera recordada en los siglos venideros por haber perdido el cojón de un cura.
Estas y otras disquisiciones, me hicieron comprender que no solo debía utilizar todos los medios a mi alcance para recuperar el huevo de Don Marcial, sino que encontrarlo, debía convertirse en la razón de ser de toda mi existencia futura. Me veo en la obligación de informarle de que, por suerte, gozo de una envidiable fortuna, debida en parte a la cuantiosa herencia que dejó mi malogrado padre, al que asesiné durante mi juventud de un tajo en la garganta, y en mayor medida por haber ejercido durante largos años el oficio de criminal sin escrúpulos, que pasa por ser uno de los mas lucrativos de cuantos han existido a lo largo y ancho de la historia de la humanidad. Decidí que lo mejor sería hacer uso de mi bien ganada fortuna, y publiqué un anuncio en los tres periódicos locales de mayor tirada, ofreciendo una elevadísima recompensa a cambio del huevo. Perfilé el texto en unos minutos, y al día siguiente apareció publicado a media página en varios diarios. Por supuesto he tenido la delicadeza de enviarle un ejemplar de cada uno, lo que prueba sobradamente el empeño que puse en entregarle a usted los dos cojones del padre Marcial, y no uno sólo. Pensé que, dadas las extrañas características del objeto en cuestión, no serían muchos los que se acercaran hasta casa para restituirme tan preciado tesoro, y al día siguiente de la publicación del anuncio encargué a James, fiel mayordomo y amigo al que mandé traer desde Inglaterra, que se asomara por la ventana del último piso para comprobar los resultados de mi generoso ofrecimiento. Entre usted y yo, en realidad mi mayordomo se llamaba Zacarías Radja, pero no me pareció ese un nombre adecuado para un inglés, y menos todavía para un mayordomo como Dios manda. James obedeció oportunamente a mis indicaciones y a los pocos minutos regresó a la piscina donde me disponía a saborear el desayuno.
–Señor –inquirió–, deben ser mas de quinientos, y algunos parecen llegar acongojados.
Comprobé que efectivamente, una multitud se agolpaba frente a la puerta de mi casa blandiendo bolsas de plástico y neveras de playa, por lo que indiqué a James que debía abandonar sus habituales tareas, para servirme de apoyo en tan extraordinaria búsqueda.
–James.
–¿señor?
–¿Has visto alguna vez un testículo fuera del escroto?
–Por supuesto señor.
–Pues bien, le dije mostrándole el huevo de Don Marcial, este que ves lo arranqué del cuerpo sin vida de un cura párroco, y lo que buscamos es el otro huevo del difunto que desafortunadamente se extravió en el metro.
–Señor –contestó James visiblemente alterado y mirando fijamente el testículo que sostenía en mi mano derecha–, eso es una monstruosidad.
–Efectivamente James, tampoco yo había visto jamás uno de tan tremendas dimensiones. Mira qué huevo James, mira qué huevo, es una metáfora de Saturno a la que le faltan los anillos.
El buen James comprendió de inmediato, que de haberse tratado de un cojón corriente, nunca hubiera podido recuperarlo, porque no hay nada que se parezca tanto en este mundo, como un cojón a otro, excepto los gemelos idénticos. Sin embargo, el prodigioso tamaño del testículo derecho de Don Marcial Alonso, lo hacia incomparable con cualquier otro que no fuera el izquierdo.
Comenzamos la jornada descartando a los analfabetos, –y le digo esto con cierto malestar, porque como usted mismo podrá comprobar en el anuncio se dice claramente "Cojón", y no "Cojín" ni "Cajón"–, pero ya ve que fueron muchos los que se plantaron delante de la casa cargados de almohadas, cajas de madera, y una infinidad de objetos, a los que podía tildarse de cojines o de cajones, pero no de cojones, que era precisamente lo que andábamos buscando. Dividimos a los restantes en dos largas hileras, y los fuimos atendiendo uno por uno, sin que en ningún caso el tamaño de lo que traían, se aproximara siguiera remotamente, al tamaño de los sensacionales huevos del cura.
La mañana fue pasando sin pena ni gloria, hasta que una mujer anciana que llevaba entre las manos dos huevecitos minúsculos como los de una codorniz, se desplomó ante mí, y confesó que aquella minucia había pertenecido a su marido, pero como quiera que al él ya no le servían para nada, habían decidido de común acuerdo, intentar dar a sus hijos un vida mejor mediante la venta de su desgracia. Prometo señor comisario, que hasta ese momento no tenía la menor idea de lo que estaba pasando, pero al mirar a mi alrededor, observé los rostros de los que esperaban, y no me parecieron propios de quienes aguardan una enorme recompensa a cambio de un testículo hallado casualmente en cualquier esquina. Recordé las primeras palabras de James, y tuve la certeza de que muchos de los allí reunidos eran impostores, que llevados por la fuerza irresistible de la codicia, se habían cortado los huevos para cobrar una recompensa inmerecida. Me encaminé de inmediato hacia el garaje, y cogí la vara de fustigar a las bestias, con la noble intención de moler a palos a todos los tristes, pálidos y demacrados. Después de la paliza quedaron muy mermadas las filas de aspirantes, y sólo tras una larga e infructuosa jornada de trabajo, acertó James a formular la pregunta correcta
– ¿De dónde habrá sacado esta gente todos esos cojones?
La respuesta apareció en la primera página de todos los diarios del domingo, que abrían sus ediciones con la noticia de que los servicios de urgencia de todos los hospitales de la ciudad, se encontraban en situación de colapso absoluto, debido a que cientos de ciudadanos anónimos, habían sufrido en sus propios domicilios la amputación de los genitales durante la noche, y en los peores casos, referían asaltos a plena luz del día en los que los ladrones, en lugar de robar a los señores la billetera, y el bolsito de Chanel a las señoras, como está mandado, se limitaban practicar una incisión severa en las partes bajas, y a llevarse un cojón, dejando el otro colgando de mala manera. Estas noticias me alarmaron profundamente, puesto que la abundancia de huevos circulando sin control por todos los barrios de la ciudad, complicaba sobremanera mi búsqueda. En estas circunstancias, lo prudente hubiera sido abandonar, y dejar que las cosas siguieran como estaban, pero en este mundo, señor comisario, no hay nada peor que el desaliento, y es natural que los hombres dotados de un intelecto superior, porfiemos en nuestros propósitos.
El día siguiente resultó una vez más, decepcionante, hasta que a eso de las doce, se presentó en la casa un hombrecillo de tez blanquecina, que respondía al nombre de Melitón Suspiros, y tenía como profesión la de maquillar difuntos.
–Sinceramente, señor, no he tenido la dicha de encontrar lo que anda usted buscando –me dijo–, pero son ya muchos los años que llevo dando a los muertos color en la mejillas con tánta gracia, que algunas viudas al contemplar los excelentes resultados de mi trabajo, se han desmayado temiendo por la resurrección del finado, y lo mismo los viudos. Como quiera que con la recompensa ofrecida, podría vivir holgadamente el resto de mis días sin dar un palo al agua, ni una pincelada a un muerto, he pensado que, si un cojón de cura vale lo que usted ofrece, cuanto mas valdrá el de un obispo o un diputado a cortes.
Melitón abrió un enorme baúl que llevaba cerrado con llave, y seguidamente, me mostró la fotografía de D. Félix Ugarte Alvarado, presidente de la confederación hidrográfica del Júcar, y senador por designación real en las primeras cortes generales de la democracia. Continuó con otros hombres de indudables méritos, entre los que se encontraba el capitán general de la quinta región militar, fallecido recientemente de un atracón de marisco, y el inventor de la gaseosa, que naturalmente, había muerto de viejo.
–No compare usted –afirmó–, un simple cojón de cura, con los atributos de tan altas personalidades, porque debería saber, que la dignidad del hombre, se extiende a cada una de sus partes, y que por tanto estos huevos de aquí, merecen el tratamiento adecuado; éste por ejemplo, que perteneció a un ex presidente de la Generalitat, tiene tratamiento de excelentísimo, y este otro, de ilustrísimo, porque si sus propietarios lo fueron en vida, digo yo, que lo serán también sus cojones después de muertos.
Melitón había añadido a cada paquete, un cartelito en que figuraba el tratamiento que se debía dar a cada uno de los cojones que traía, “Excelentísimo cojón de D. Andrés Ugarte, ingeniero de caminos y vicerrector de la Universidad de Comillas”, “Ilustrísimo Cojón de D. Eusebio Valiente Escribano, Coronel de infantería”, y así sucesivamente, hasta un total de veintiocho. Expliqué a Melitón las razones de mi ofrecimiento, que nada tenían que ver con la dignidad de los cojones del sacerdote, pero no pude evitar caer en la tentación de adquirir la mercancía a un precio razonable, pues no me parecieron del todo descabellados los razonamientos de Melitón, y consideré apropiado, para un asesino en serie, disponer de una buena colección de testículos bien catalogados. Juro señor comisario, que no era mi intención alimentar rumores malsanos, y mucho menos estimular el espíritu codicioso de los honrados ciudadanos de esta apacible villa, pero no pude evitar que se extendiera el rumor de que alguien estaba adquiriendo a buen precio cojones de ciudadanos ilustres, por lo que le ruego presente usted mis excusas ante el señor ministro. Tenía pensado enviar a James esta misma mañana, para que personalmente le restituyera los suyos, por si todavía podían serle de provecho, pero un suceso del todo inesperado, me impide una vez mas cumplir mi propósito, puesto que ayer, después de la cena, James se dirigió a mí con mayor severidad de la acostumbrada, para comunicarme que yo nunca he matado a ningún sacerdote, ni tengo más propiedades que los zapatos que llevo puestos. Me dijo que la búsqueda del cojón de D. Marcial, no es sino un delirio alucinatorio de un loco, que Melitón Suspiros, el coronel Valiente y don Andrés Ugarte, no han pisado nunca la faz de la tierra, y que él mismo, James, sólo es una mancha de humedad en la pared de la habitación trescientos diecisiete del ala para enfermos mentales del hospital clínico.
Naturalmente estas revelaciones han influido sobremanera en mi estado de ánimo, y propiciado un nuevo cambio de planes.
–¿Por qué James, fiel criado y buen amigo mío, ha pretendido confundirme con argumentos tan inusuales?
Señor comisario, ni a usted ni a mi se nos escapa, que James sólo podía tener un motivo para inventar tan burdo engaño, y descubrí al instante, que mi criado me había traicionado, y que de alguna manera, había conseguido apropiarse del cojón perdido de Don Marcial. Recordé que durante la tarde, se había ausentado sin motivo, llevando bajo el brazo un paquete que, al principio, no me pareció sospechoso, y que sin lugar dudas, contenía el cojón extraviado. Aproveché la oscuridad de la noche, para colarme a hurtadillas en el aposento de James, maniatarlo todo lo bien que supe, y bajarlo al sótano, dónde no tuve más remedio que someterlo a crueles procedimientos de tortura, hasta que confesó que el paquete lo había enviado al domicilio de su anciana madre, en el centro de Londres.
No recuerdo si James estaba vivo o muerto cuando lo metí en el horno crematorio, pero lo que si puedo asegurarle, en descargo de mi buen amigo, es que no robó el cojón por codicia, sino a causa de ciertas inclinaciones lascivas que arrastraba desde su infancia, y que le habían llevado del fetichismo a la sodomía, pasando por un buen número de perversiones sexuales, que sería ocioso enumerar en este momento. Bien podrá entender, señor comisario, que en su condición actual, James no puede entregarle nada personalmente, por lo que he decidido enviarle sus cojones por correo certificado, junto con los del señor ministro, al que le ruego reitere mis disculpas. Yo por mi parte debo continuar la búsqueda, por lo que partiré inmediatamente hacia Londres, dónde le aseguro tengo la intención de andarme con más ojo, no vaya a ser que algún desdichado cometa la insensatez de cortarle los huevos a su alteza real el príncipe Carlos.
De su admirador y archienemigo.
Profesor G. Moriartti.

El comisario miró una vez más el cojón planetario de D. Marcial Alonso, y pensó que si el resto de la virilidad de aquel hombre santo, se asemejaba siquiera remotamente a tal enormidad, su celibato había representado uno de los mayores errores de la historia. Levantó la cabeza y con voz atiplada se dirigió a su interlocutor.
–No se preocupe usted, señor ministro, ese cabrón no ira a ninguna parte..

2 comentarios:

peña dijo...

Javier, la verdad es que tu texto es tremendo en todos los sentidos de la palabra, buf.
Lo de las dos fotos es porque estaba probando, y ya no he sabido eliminar una de ellas.Pero con ese cacho cuento y tántos huevos, creo que dos fotos está muy bien...

Anónimo dijo...

Muy bueno Javier, eres un capo, chiquillo, felicitaciones.

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